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José Luis Ducid: «Eu non son arxentino, son alcoholico (dixit José Luis Ducid)» ALERTA NO ORZÁN. (Cabidos do nº 1 ao Nº12)

Publicado el 26 marzo, 2020 | Literatura

 

ALERTA EN EL ORZÁN

Día 1

El cristianismo es al judaísmo lo que la hamburguesa al chuletón de ternera. Es la versión popular y rentable, «democratizada», de la obsesión de un club de nómades semitas (algo esquizofrénicos, supongo que por el calor del desierto, y bastante psicópatas, supongo que por la sed); digo que es la versión multitarget del sueño excluyente de esa famosa tribu de vagabundos, que escuchaba voces amplificadas, retumbantes. Por ejemplo, la orden celestial de asesinar a los legítimos propietarios de la tierra donde manaba leche y miel.

Obedecieron.

Tal modelo de comportamiento, pero en plan ultramasivo, milagroso como el boom económico de un gigantesco bazar chino, nos llega con la Buena Nueva del Nuevo Testamento. Un éxito de marketing-low cost irrefutable. O lo ha sido hasta hoy, viernes13 de marzo de 2020, a las once de la mañana. Momento histórico en que dos jóvenes norteamericanos llamaron a mi puerta para regalarme una Biblia mientras intentaban explicarme (en un castellano poco trabajado, todo hay que decirlo) el advenimiento del Apocalipsis. Les perseguí escaleras abajo tosiéndoles generosamente en la nuca.

Termino mi último cigarro viendo como el día acaba de un modo un poco lésbico, restregándole las nubes a la curva de la luna. En la radio, por tercera vez, emiten el discurso de un incompetente que declara a España en ESTADO DE ALERTA. ¡Qué bien me sienta andar en bata durante las pandemias!, ¡cuánto me gusta hacer buches desinfectantes con el amable Johnnie Walker…! Lamentablemente, no todo puede ser ideal: además de los bares, ha cerrado el kiosco de tabaco. Me haré un cigarro con la primera página del Génesis, ¿por qué no? ¿por temor a lo Sagrado?

Buscando hielos compruebo que queda un paquete de hamburguesas, cuatro huevos, medio tomate, y relleno el vaso convencido de que la única Eternidad posible está en la mutante memoria de los virus (lo gracioso de esta olímpica victoria futurista ya fue escrito: «…no habrá nadie para recordar su triunfo…»).

¡Salud!

ORZÁN EN ALERTA / Día 2
José Luis Ducid

Hoy tiré desde el balcón una tira del tranquilizante-ansiolítico Orfidal, para que se la repartieran entre dos prostitutas históricas del barrio.

Una de ellas me explicó por el telefonillo que ni en el puticlub «Copas» ni en el «Charrúa», consiguen dormir; sabiendo que ya ningún paisano de la aldea vendrá los domingos a echarles un kiki o casquete.

Primeras víctimas del parón turístico. Hablo de ambas partes.

Ahora me siento pleno, justificado a nivel humano, sabiendo que a las diez de la noche, una pequeñísima parte de los conmovedores aplausos programados, serán para mí.

Me gusta fantasear que también soy un Doctor (sin tesis)… Igual que el Presidente de España!

ALERTA EN EL ORZÁN / Día 3
José Luis Ducid

Un lunes en España significaba resaca, tarjetas sin crédito, firme promesa de cambio personal. Pero gracias a unos entes azules, gorditos y pinchudos -que giran sobre sí mismos estilo salvapantallas- detrás de dos periodistas con mirada de Mi Pequeño Pony, esta mañana del lunes significa:

CLARIVIDENCIA.

Sí, gracias a estas bolas flotantes, me he dado cuenta que no se entiende la obligación de permanecer a 1,5 m (un metro y medio) de distancia de otro ser humano para evitar el contagio, simultáneamente con la noticia oficial de que las peluqueras y barberos pueden seguir haciendo su trabajo. Sí, es gracias a estos simpáticos intrusos microscópicos que por fin advierto, acodado con un Johnnie Walker en el quinto piso de calle Orzán, que según el ángulo en que incida el sol matinal sobre los matojos que destrozan el tejado de la casa de enfrente, se produce un leve cambio de color. Es gracias a ellos. A ellos: GRACIAS.

Son los célebres «beneficios secundarios de la enfermedad».

La percepción serena que me hace comprender cabalmente la gran Verdad del Universo: la mafia del fútbol ha suspendido la Champions League. Ese show deleznable. Capaz de vender más camisetas y gorras que el Vaticano o Star Wars. La mafia perdiendo miles de millones… Lo repito en voz alta para convencerme viendo la invasión de matojos tornasolados del techo vecino, «…han suspendido la Champions League». Tercer día de encierro. Rumiando los hielos del whisky. La peste va en serio. Desde mi balcón se ve clarísimo.

Por fortuna, después de un punto y aparte, también pienso que gracias al Real Decreto Ley, los camellos desdentados -los que tengan perro, no es obligatorio que sea un pitbull- pueden desplazarse libremente. Entonces no están confinados como yo. Luego la bolsa no se ha desplomado del todo.

ALERTA EN EL ORZÁN / Día 4
José Luis Ducid

Demasiado solo, me pregunto que estará haciendo, dónde estará mi novia… Tan bella. Tan feroz. Tan quejica. Tan dulce. Tan gallega.

-¡No queda papel, joder!

Me parece reconocer que esos chillidos inhumanos emergen del fondo a la derecha: Área Váter.

-¡Usa el bidet y la mano, principessa!
-¡Papel de fumar, gilipollas!
-¡Hay una Biblia protestante arriba de la nevera, al lado de la caja de whisky!

Es increíble lo bien que funciona el papel Biblia. Los yanquees son la hostia; ya voy por el Éxodo.

-¿Entonces lo que escribiste era verdad?
-Tengo una «responsabilidad civil», corazón. Ahora la gente, además de matarse a pajas, tiene tiempo para leer los WhatsApp.
-¿Pero cómo coño no me dijiste que suba papel?
-Siempre he sido más de Sinatra que de Marley.

Empieza a reírse a carcajadas -tan alta como es (quizás el bajito soy yo) en chanclas y pijama celeste desteñido- me coge del cuello y me pega un morreo a fondo.
Es una auténtica limpieza de laringe. Una desinfección.
No cabe la menor duda: el Coronavirus ese, con guerrilleiras como esta, lo tiene complicado.

ALERTA EN EL ORZÁN
Día 5

Desde otro balcón, a unos 30 metros en diagonal hacia la izquierda, me saluda una anciana que jamás lo había hecho antes… Es la que me denunció a la Policía porque con un amigo empezamos sin permiso a construir un cerramiento, un vivero para plantas divertidas, terapéuticas. A la vieja le molestaba que alterásemos su escenografía, que modificásemos la perspectiva del paisaje. Alzo mi vaso a modo de brindis por la sabiduría que conceden las canas, los años dando vueltas alrededor del sol; y ella me corresponde estirando con esfuerzo los labios pintarrajeados, dos gomas demasiado resecas.

Es cuando los vecinos del ático contiguo, recién reciclado (que midiendo la mitad del mío alquilan al cuádruple de precio) me dan los buenos días:

-Good morning, «loco»!
-Good morning, «darlings»!
-Ha, ha, ha…, tú que eres argentino y sabes de TODO…
-No soy argentino Freddy, soy alcohólico…
-¿Cómo sigue esta locura?
-Lo entenderéis perfectamente: es como el SIDA, pero sin sexo en las discotecas y con militares en las rotondas.

Son un público agradecido, ríen a coro.

-¿Qué tal vosotros?
-Very bad. Nos echaron de la empresa el sábado.
-¿Perdón?
-Somos diseñadores para una subcontrata de INDITEX… Autónomos. Imagínate.

La conjugación verbal es importante: «Eran diseñadores para una subcontrata…» Me quedo mirándolos.

-Nos volvemos a casa.
-¿Os dejarán pasar con esas pintas?
-Ha, ha… ¿Tú cómo estás?

Me atraganto con una hebra de tabaco o con algún Mandamiento impreso en el papel biblia, del tipo «Honrar padre y madre», y no puedo parar de toser. Michael, el afro-londinense, recoge las tacitas de NESPRESSO y entra en la casa sin despedirse.

-Ya ves… A mí me han suspendido todas las grabaciones, conciertos, y los festivales de cine desaprecieron hasta diciembre; para completarla, hoy cesaron a mi novia en la cafetería, a ella y a todo el personal, no te vayas a creer…

Como un hereje inhalando el humo de su propia hoguera, empiezo otra vez a toser. Creo que el Mandamiento que me fumé era «No fornicar». Cuando me recupero, comprendo que Freddy también ha desaparecido y, en un pestañeo, vislumbro en el fondo del vaso vacío de Johnnie Walker, La Solución a mi futuro profesional.

ATENCIÓN: Ocuparé los terrenos municpales malolientes aledaños al vertedero de Bens y montaré un autocine que se llamará PANDEMIC.

Se atiborrará de Alfas y Romeos de la nueva élite dominante, la que tiene verdadera clase y posee efectivo real: cajeras de supermercado y transportistas de arroz.
Para no interrumpir el sueño de los coruñeses decentes, y de paso ahorrarme un pastón en derechos, proyectaré únicamente cine mudo.
¡»La quimera del oro» será un estreno rutilante!

ALERTA EN EL ORZÁN
Día 6

Pues ocurrió. Acabo de recibir la noticia de la primera muerte de un conocido del entorno familiar.

Nuestro allegado falleció en el Hospital; se contagió del COVID-19 durante la convalecencia de una exitosa y sencilla operación… La paradoja es perfecta. La ironia, insoportable. Aforo limitado en tanatorios; sólo VIPs…

Lo lloro sin lágrimas, contemplando el valle de tejados que se extiende ante mí; edificios de la postguerra civil que rodean a una plazuela imposible de ver desde aquí; pero que, hasta hace apenas seis días, escuchaba.

Ya no hay niños. Había pocos. Siendo sincero, hasta la pandemia -que ninguno de los payasos «a cargo» es capaz de explicarnos con información fidedigna-, de la plazuela ascendía más el murmullo de los adultos en los bares colindantes, que de los chavalitos jugando.

¿Qué será de esos críos en su encierro, percibiendo mejor que nadie al terrible monstruo sentado en los columpios, paseándose tan ancho por el patio de la Escuela, disfrazado de invisible?

Los Analfabetos Modernos, los Psicólog@s de la Nada, las Periodistas Teñidas, afirman que en casa están mejor que nunca…

Rompo a llorar.

Y el odio y el asco al Mono-Sapiens, es decir, a mí mismo, me apuñala. Tan sólo sumergido en la botella estoy a salvo, el cereal líquido me sana el pecho como una Madre Eterna.

¡Entonces resulta improcedente contaminar a los demás con la triste tristísima tristeza; darle la razón por triplicado a la costra grasienta que nos manda!

No voy a permitirlo.

Jamás seré Bono cantando sobre la realidad de los negritos en un desfile de Victoria’s Secret; jamás aburriré como un chupóptero flotante -porque ya no viene a limpiar el jardinero- en la tensión superficial de cierta piscina de Galapagar.

Me higienizaré los genitales, el ojo del culo y los dos del alma con el amable Johnnie Walker, y hallaré a lo largo de esta noche, las 9 Revelaciones que provoquen el milagro de TU sonrisa insobornable, ¡eso es lo que haré!:

1) Peor que una cantante lírica solidaria en el barrio, es un gaiteiro solidario. Peor que un gaiteiro solidario en el barrio son cuatro.

2) La mano derecha sirve, además, para eliminar sin culpa cientos de WhatsApp (sin ni siquiera haberlos visto).

3) El Minué será la Lambada del futuro.

4) Estás siendo sometido a un entrenamiento suave de cara a las próximas pandemias duras.

5) Formar parte de un coro online en plan multipantallas -dirigido por un espástico-, ya es considerado un crimen de lesa humanidad en Jamaica.

6) La geolocalización del móvil delata a las Autoridades Sanitarias si te saltaste la cuarentena (antes anunciada como quincena…).

7) Aunque tu casa sea pequeña, se puede hacer tan grande como la suma de todas las facturas que sí o sí te harán pagar más adelante.

8) Lo positivo del puto Coronavirus de los cojones, es que directores oscarizados como Almodóvar volverán a ser capaces de contar algo que interese.

9) El bisnieto de Matías Prats se llamará DAMIEN.

ALERTA EN EL ORZÁN
Día 7

Un chiste de gusto dudoso que andaba circulando en aquel maravilloso y remoto mundo anterior a la nueva mutación de este viejo virus, era más o menos así: «Un universitario de Santiago de Compostela es un chavalote que sus padres bautizaron como Jorge y él se hace llamar Xurxo.»

Conocí el chiste en persona. Me tocó presentar mi última película (aún sin estrenar en ninguna sala) a un Xurxo programador de cine, preferentemente alternativo.

Acariciándose la barba de forma exasperante, me escuchó argumentar (tal vez argumentar demasiado) respondiendo a la vez a los WhatsApp (argumentando demasiado con mi acentazo) sin molestarse en ver ni un minuto del material que le llevé (argumentando demasiado con mi acentazo de rioplatense estafador), comentando al fin:

– Ducid, non o tomes a mal. Admírote. Cando era cativo ía verte ao «Crápula» co meu pai, lémbraste? Cando lías a prensa sentado, a dous metros de altura, nun inodoro… Unha pasada!
– ¿Y?
-As producións que difundimos neste Centro son cento por cento galegas.

Por no vomitarle la empanada de zamburiñas sobre la pantalla japonesa del ordenador patentado en EEUU a juego con el escritorio de diseño sueco, me despedí:

– Saludos a tu padre, Jorgito.

Mirando muy hacia dentro en el reflejo empañado de la ventanilla del tren, de regreso a mi ciudad adoptiva, me dio por pensar que en agosto de 1969, en el Centro Gallego de Buenos Aires tenían su teoría de la Raza: no permitieron que mi madre me pariese ahí. ¿Por qué? Por ser mestiza. Falso. Por no ser gallega… Tal como lo cuento. Se que jode. Sobre todo por los votos de ultramar. Lo tragicómico, aún más literario: lo ESPERPÉNTICO, es que los nietos bien nacidos,»los puros», externalizaron no sólo el Centro Gallego, sino todo el puñetero país (por supuesto, con ayuda de los italianos «puros», los judíos «puros», y los autóctonos que siempre son impuros); ay… los sudacas sí qué sabemos de sobra lo tóxica que puede llegar a ser la globalización, con la única ventaja comparativa de pronunciar mejor la palabra

bistec.

Son las 21 horas de la nueva era que empezó hace exactamente una semana, “El Glorioso Viernes 13” -Fiesta Nacional-.

Voy a llamar a mamá.
Ya no vive conmigo. “Se la banca” sola. Ella da, no pide.

Esa cascarita de naranja amarga, criada en el extrarradio de una mega polis durísima como Buenos Aires, chapaleando entre el barro de las chabolas, vino a verme hace años a Europa y decidió quedarse. No por la guita (¿qué guita?). Se sintió más libre.

– ¿Cómo estás,viejita?
– Agotadísima, no puedo respirar.
– ¿QUÉ PASA?
– Nada, nada, hijo… Ja, ja, ja… Es que aparté la mesa del comedor y me puse a bailar unos pasodobles que sonaban en la radio.
– ¿Sola?
– Con un caballero imaginario, muy pintón.
– ¿Con papá?
– Dejá al gallego descansar en paz…
– ¿Entonces estás bien?
– Estupendamente. Leo lo que escribes. ¿Por qué no bebes vino en vez de whisky?
– Grandes preguntas de la Humanidad. Te dejo, perdona, se me quema el guiso.
– Soy tu madre. No me mientas. No haces guisos.
– Hasta mañana.
– Abrígate y no bajes.
– Hasta mañana, mami.
– Si Dios quiere.

Don Álvaro, mi padre, dejó una libreta repletas de refranes, retazos de prensa copiados a mano, consejos varios. Un remedo personal del desaparecido boletín agrícola “Mentireiro verdadeiro”, una proto Wikipedia. Ilustrada por él. Donde explica en reiteradas ocasiones que la Tercera Guerra Mundial es inminente. Y que lo más importante es saber qué plantar, cómo y cuándo.

Se pueden apreciar en los dibujos “unha vaquiña, uns coellos, unhas patacas e un carro” (eso ocurre si uno mira las ilustraciones con “xeito”, porque los conejos parecen vacas y las cebollas parecen tirar del carro).

Hacia el final inconcluso de la libreta, habla del río de su aldea de Pobra de Brollón, el río Cabe, “fonte de vida para todo ser vivente…”.

ALERTA EN EL ORZÁN Día 8

– Voy a bajar.
– Bajo yo.
– No, bajo yo.
– Jose…
– Después de ocho días creo que me toca.
– Jose, tienes todos los números para pillar el bicho.
– ¿Bióloga? ¿futuróloga?
– Angina de pecho, dos bypass, EPOC, higado encebollado, 50 años, ¿te parece poco?
– Me parece poco el whisky que queda. ¿Traigo algo más?
-Vale… Anota: patatas, ajos, cebollas, huevos, tomates, aceite, algo de fruta, una bolla de pan… No, cebollas hay. Anota que luego no te acuerdas de nada. Aguacates. Y TRAE CEREALES.
– Ya traigo cereal líquido.
– Trae cereales de masticar; sin azúcar, ni chocolate. Los normales.

Afortunadamente llueve, y eso atenúa el vacío del barrio. En la puerta del súper que queda sobre la avenida, cinco personas hacen cola a metros de distancia una de otra. Excepto un tío de chándal, todos llevan mascarilla y guantes descartables. Además van equipados con algo muy útil para semejante ocasión: paraguas. Ay, ay, ay… Sin embargo, el efecto de las gotas heladas percutiéndome en la calvorota me espabila y una súbita ola de alegría me trepa por el esternón y me empiezo a reír sólo y me gustaría abrazarlos a todos, invitarlos a bailar el boogie-boogie, cocinarles pollo a la aceituna, pagarles una ronda en el bar del Casino. Sale un cliente, entra otro. Ya no soy el último. Por fin saludo a Carmen, la cajera parlanchina que está protegida de las exhalaciones detrás de un metacrilato transparente. No lo está pasando nada bien. Vaya locos años 20… ¿Lo habrán soltado Trump y sus secuaces o será Made in China? Recién comprendo las dimensiones del desastre al acercarme a la estantería de los whiskys: NO QUEDA JOHNNIE WALKER. Empezó la Tercera Guerra Mundial. Rápido, me decanto por el JB. ¿Por qué JB en vez de Ballantine’s? Porque quiero dirigir el film de época «Justerini»: Las desventuras del colega italiano de Brooks, que viajó hasta Escocia persiguiendo a una cantante lírica, dama obesa que lo desdeñó sin contemplaciones. Brooks prosiguió con las bodegas y el apasionado Giacomo Justerini regreso a Italia perdiéndose para siempre. ¡Pero no fue tanto dolor en vano! El premio a su fabulosa gesta amorosa es la inmortal J de JB. O algo así.

Ya de pie ante el portal de casa temo haber olvidado algo fundamental:

cómo se suben las escaleras.

En el quinto piso, al borde del infarto, mi chica (las chicas no son de nadie, lo sé, lo sé…), siguiendo el protocolo de la NASA, me hace sacar los zapatos y me manda a la ducha.

Cuando emerjo del vapor, la encuentro sentada con una tijera, cortando una botella de plástico. Qué hembra maravillosa.

– ¿Puedes dejar de meterme mano?
– Lo siento, es una Emergencia.
– No se si te das cuenta que tú estás en pelotas y que yo tengo una tijera…
– Mi no entender idioma mujer rostro pálido.
– ¡Pero puedes quedarte quieto…!
– De acuerdo… Me rindo. ¿Qué estas fabricando?
– Aquí van los cereales, ¿ves?, y por aquí salen. Lo colgaré en el balcón.
-¿Para?
-Si no quedan viejos, ¿qué comerán los pájaros?

ALERTA EN EL ORZÁN / Día 9
José Luis Ducid

Adoro a la «Muy noble y muy leal ciudad de La Coruña, cabeza, guarda y llave, fuerza y antemural del Reino de Galicia»; pero sobre todo adoro este ático delirante «…dónde pasé tantos años que arruiné y perdí…». Lo adoro porque tiembla con las tormentas huracanadas del invierno, explicando que el faro se llame Torre de Hércules y no Torre de Baco. Lo adoro porque se llueve justo a través del sistema eléctrico (el plafón de la «sala principal» colecta el agua y hay que vaciarlo cada tanto para que no salte la llave térmica -operación complicada en la noche: requiere tener linterna, con las pilas cargadas). Adoro este ático porque se niega a ser cruel del todo dejándose atravesar por la luz, en treguas inesperadas con aroma a brisa marina. Lo adoro porque en verano, la uralita -declarada cancerígena por la Unión Europea- me calienta tanto la cabeza que no puedo parar de blasfemar y de componer canciones (por cierto, a la U€ le encanta declarar pomposamente cosas imposibles de cumplir: por ejemplo la prohibición de mercar en las ferias queixos que se hacen en las casas desde el Neolítico temprano). Menos mal que adoro este ático… Acaban de anunciar una prórroga del encierro hasta el 11 de abril. En directo, el mentiroso compulsivo que preside este país, sin cambiar su expresión de muñeco de torta, su estilo personal de zapatilla gastada, redefinió ante toda España la palabra «quincena». Manda carallo…

Como un poseso, quito la mesa de la cocina, meto la nevera en una habitación y desmonto la alacena. Mi novia sabe que cuando estoy en calcetines, calzoncillos y camiseta de asas, mejor no decirme nada. ¿De qué cojones voy a vivir sin poder trabajar y sin ahorros importantes? Es la gran pregunta que se están haciendo ahora mismo tres cuartas partes de la población mundial. ¿Del fondo de pensiones? La única Democracia real es esta: al COVID-19 no le importa si eres parte del Consejo de Ministros.

Ahora o nunca. Ha llegado el momento de bailar el Boogie-woogie.

(Explicar en que consiste el Boogie-woggie resulta complicado con palabras; tedioso, como leer con cinco años las reglas del Parchís en la parte interior de la caja. Pero yo no soy un Poetuber. No cederé a la tentación tecnológica de grabar con la camarita del móvil un tutorial… «Un tutorial»… Wow! Menudo día… en este preciso instante, intuí un chiste. Bueno… la prueba de que uno ha sido capaz de inventar algo tan difícil, nada más ni nada menos que UN CHISTE, es si alguien que no conoces viene a contártelo como propio dentro de un año exacto. Yo, y perdonad esta larga digresión antes de explicaros en que consiste el Boogie-woogie, creía que los chistes los inventaba una cofradía secreta reunida en las entrañas de un montaña inaccesibe, 12 sabios payasos tomando Johnnie Walker en torno a una mesa inmensa de caoba, sentados en butacas de cuero repujado con respaldos de águilas bicéfalas, esnifando rapé y luciendo peinados estilo Reina Sofía en una vernissage del Grupo Bilderberg. Pero no, ahora sé que los chistes nacen accidentalmente, quizás como este virus que no causa puta gracia.

Voy: Una mujer sorprende a su marido viendo porno duro y le grita «¡¿Te hace falta ver esas guarradas a tu edad?!»; el responde impávido: «Es un tutorial».

Lo siento. Me niego a hacer el tutorial del Boogie-woogie. Os lo explicaré por escrito, de forma que si se produce el famoso apagón tecnológico, las cucarachas del futuro podrán bailarlo y cantarlo igual que nosotros.

Reglas del Boogie-woogie:

1) Se requiere de un espacio despejado y cómodo.

2) Se puede bailar solo o en grupo.

3) Dando vueltas en círculo alrededor de una hoguera imaginaria o real, cantamos a viva voz (la melodía varía según las culturas, el Grupo Scout, el Colegio Salesiano o el Cabaret del barrio donde trabajase tu padrino):

Bailando el Boogie-woogie
Bailando el Boogie-woogie
Bailando el Booogie-woogie
TODO (dos golpes -suaves- en las rodillas con las manos)
SERÁ (un golpe en las chichas o en ambos lados de la cadera)
ME (partimos la palabra MEJOR y nos tocamos los hombros en la primera sílaba)
JOR (nos tocamos el gerolo, bocha, balero, capocheta, cabeza o testa con la punta de los dedos -siempre con ambas manos-)
HEY! (rematamos la coreografía alzando los brazos en V hacia el cielo y gritando con brío la interjección HEY!)

*Puedes hacer la versión cruzada de manos.

4) Seguimos alentándonos a nosotros mismos, pero ahora quietos, cantando:

Y pongo la pierna derecha adentro (levantamos la pierna derecha hacia el fuego; después haremos lo mismo con la pierna izquierda, brazos, culete, etc.)
y la sacudo afuera
y doy la media vuelta
y bailo el Boogie-woogie (aquí es menester hacer una interpretación personal del baile, ejemplos: «Marioneta loca» o «Niña del exorcista»)

5) Antes de reiniciar la ronda entorno a la hoguera, cerramos con:

Y TODO

SERÁ

ME

JOR

HEY!

ALERTA EN EL ORZÁN / Día 10
José Luis Ducid

– Este pantalón me está violando.
– Haz ejercicio conmigo.
– Yeah…!
– ¡Joder, no esa clase de ejercicio…!
– ¡Fin del mundo! ¡Fin del mundo! ¡Fin del mundo!
– ¡Quítate de encima, pesao…!
– ¿Pero, cómo es la cosa? ¡¡¡¿Te disfrazas de Flashdance, y no puedo echarte un polvo?!!!
– Ja, ja, ja, ¡Flashdance…! Ven, no te enfades. Haz estas series conmigo.
– Tengo una reputación que mantener, olvídalo.
– ¿Reputación de gordito?
– ¿Sabes qué?
-¿Qué?
– Del deporte se sale.
– Venga, anímate.
– ¿Tan gordito estoy?
– Veeeen…
– Hice suficientes «abominables» en el talego. Dame otra opción.
– Mmm…, ¿qué tal si subes y bajas las escaleras un par de veces al día?

Al pasar frente a la puerta de mi vecino del 4to, no puedo dejar de emocionarme; menos mal que falleció hace dos meses… En el 3ero recuerdo al acordeonista vasco, al que le gustaba ponerse pelucas, que según tengo entendido regresó a Irún. En el 2do, a la pareja de hermanos solteros de casi cien años que tampoco volví a ver, ahora al cuidado del santo varón de su sobrino. En el 1ero, evoco al gran Celestino, cocinero nacido en Sao Paulo, que prosperó con su negocio en el remoto barrio de Montealto (a nivel meramente informativo: los habitantes de Montealto son expansionistas y supremacistas; siendo casi de la periferia, se empeñan en mover los lindes, confundiendo su denominación de origen con el resto de la ciudad herculina).

Al llegar a la entrada, advierto que las cajitas vacías de los buzones de madera, podrían funcionar como micro barras. Me explico: el hall, aunque estrecho, es un espacio ideal para beber en compañía de otros seres humanos, sin ser detectados por las Autoridades Sanitarias; en los buzones abiertos, libres de la publicidad de Telepizza, se pueden apoyar los vasos. Si acaso pasase la policía, basta con que cada uno de los parroquianos enclaustrados suba disimuladamente a su casa, ¡y aquí no pasó nada! Con la ventaja añadida de que si todos los vecinos del edificio llegasen a contagiarse del dichoso virus y estirasen la pata, ya no habría más reuniones de la Comunidad para decidir quién barre el portal.

Lamentablemente soy el único que ha quedado en todo el inmueble. Mundo-Quirófano, de marras… ¿Le pondrán ascensor cuando se acabe el contrato?

Para sentir mejor el tufo de los hongos en las paredes de mi edificio, cierro los ojos y me guío siguiendo la barandilla. No por romanticismo. Es un test que circula en las redes: dicen que uno de los síntomas claros de la infección es perder el olfato. He llegado al descansillo del 4to; lo sé sin mirar porque todavía huele a los meados del «Negrito», el gato orondo de don Miguel Ángulo Solier. Mi vecino. Consagrado banderillero de la cuadrilla de El Cordobés (que goza de una reseña en la Biblia del Toro, El Cossío). ¿Cómo nos hicimos tan amigos?

Nuestra relación empezó el primer fin de semana en que alquilé. Durante la fiesta de inauguración, con todos los músicos, camellos, musas, poetas y demenciales que fui capaz de convocar. Fiesta lisérgica que poco a poco se fue haciendo más y más desaforada, hasta que sonaron unos golpes fortísimos en la puerta. Como los que dan las fuerzas del orden o los acreedores. La puerta parecía salirse del marco emulando los dibujos animados, tipo Tom y Jerry. Nos quedamos mudos, petrificados. Abrí.

-¿Estáis muy de jarana, eh?
– Buenas noches. ¿Usted quién es?
– El vecino de abajo.
– Ah. Perdone.
-¡Qué perdone ni que perdone! ¿Por qué no me invitáis a la juerga?!

Con la carcajada general, como un auténtico miura, Don Miguel Angulo Solier entró en mi vida. Qué tipo. Granadino de malafollá, algo más bajito que yo, resistente y duro como un látigo. Fue niño durante los bombardeos de Barcelona, pasó verdadera hambre negra, acarició el sueño de ser matador recorriendo todas las plazas de Iberia, abandonó a una hija… se enamoró de una gallega que, cómo no, lo ató a su yunta, y hasta su jubilación mínima, trabajó 30 años en el restaurante Fratelli (una suerte de tablao con cantantes de boleros y pizzas, las primeras en Galicia). Apasionado de las mujeres, con 85 años subía tías a su apartamento. Un día calculó mal y una furcia le abrió la cabeza con un cenicero. Durante el forcejeo para quitarle el reloj, ella le partió la muñeca y, mientras el banderillero estaba semiinconsciente, tuvo el quajo de coger un bolso y robarle uno de sus trajes de luces. Pero no le pareció suficiente, y a los tres días volvió a por más acompañada de su chulo. Ahí sí hice ejercicio. Al escuchar los gritos de Miguel, bajé en picado y pude pegarle al macarra, aprovechando mi posición ventajosa sumada a su postura en desequilibrio, una patada olímpica en el pecho que lo lanzó escaleras abajo. La zorra intentó sacar una navajita del bolso, pero le asesté un buen directo. No se mataron en la caída de milagro. Rematé la faena a patadas. Ya desde el portal, la tía chillaba histérica y el fulano amenazaba sin aire:

– ¡Voy a matarte, hijo de puta! ¡Te juro que voy a matarte!
– Hoy parece que no va a ser, pedazo de mierda.

Miguel, conteniendo el llanto, me dio uno de los abrazos más fuertes y sentidos que he recibido a lo largo de toda mi existencia. Luego, limpiamos juntos la sangre de la escalera, y el brillante carmesí selló nuestra Amistad, haciéndola indestructible.

Quedábamos a comer una vez por semana, siempre en su casa, repleta de los objetos más emblemáticos de la España cañí: la folklórica de arriba de la tele, los platitos de Benidorm, una fotaza en blanco y negro -«iluminada» a mano- de una tarde en el ruedo, en pleno apogeo de la juventud. Solía comprarle una botella de Málaga Virgen y prepararle un churrasquito. Después de los «cafeses» con gotas, al «granaíno» le chiflaba poner a todo volumen un gastado cassette de Grandes Éxitos de Elvis Presley -sí, de Elvis Presley- y dejarme a solas con el gato en el sofá, antes de oficiar el ritual de las cinco de la tarde…

Enfundado en su
último
único
mitológico
traje de luces
nazareno,
con «El Rey» de fondo,
hacía su triunfal aparición

y con dos agudísimas banderillas blancas y verdes, empezaba a dar brincos por el salón; mientras que con el «Negrito», perezoso y regordecho como yo, aprendíamos hipnotizados las artes del toreo. ¡Cuántos aplausos en el 4to piso de la calle Orzán! ¡Cuánta gloria y coraje! Mi amigo siempre salía por la puerta grande, muerto de risa cuando lo alzaba en brazos…

La verdad, es que nunca me atreví a serle sincero: los toros me horrorizan. Igual estamos a mano: él odiaba el whisky. Rellenando el vaso, no sé por qué a estas horas de la noche me da por preguntarme, ¿cómo estarán de salud, aquella furcia y su macarra?

ALERTA EN EL ORZÁN / Día 11
José Luis Ducid

Bob Dylan logró con su hit «Hurricane» que se revisase la condena al boxeador Hurricane Carter, por un triple asesinato que no cometió. William Friedkin, el director de El Exorcista -entre otras obras maestras,- consiguió algo parecido con su primer documental. Yo, humilde servidor, conseguí también con estás crónicas modificar la realidad: el casero del edificio me mandó un WhatsApp anunciando que repararán la gotera del tejado. Aciertan los teóricos de la semiología: la representación de la realidad modifica lo representado y viceversa, en un juego de espejos infinito. Le contesto al casero:

13:15
Gracias, Carlos.
No respondí a las llamadas porque no cojo teléfonos sin agendar.
Debo demasiada guita.
13:17
eres un sinverguenza
pero no quiero que mueras electrocutado
13:17
¿Prefieres que me contamine el aliento de uno tus obreros bolivianos?
14:00
lo que no quiero es que dejes de escribir ALERTA EN EL ORZÁN
mi mujer, mi hija y yo esperamos tus
inexactitudes
todos los días
14:01
¿Inexactitudes?
15:00
inexactitudes cojonudas

Me emociono al reaprender que las palabras tienen sentido. Que pueden operar en la realidad. Las Palabras vs. La Realidad. Si algo me fascina «da lingua galega» es que es que la letra X remplaza a la J: en vez de MéJico, MéXico. La J no existe, excepto para bailarla. Las consecuencias de ese levísimo cambio son revolucionarias. Pensad en el gran Mandamiento, en esa evolución colectiva que nos aleja y protege de la carnicería opulenta de los dioses paganos. Me refiero al archi citado «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» (pues sí, ya compré papel de fumar, ahora uso la Biblia en el váter). Fijáos como cambia el Mandamiento gracias al galego: «Ama a tu próXimo como a tí mismo.» PRÓXIMO. ¿Cambia o no cambia? El próJimo es una declaración de buenas intenciones, una interpretación sociológica vaga, sentimental. Como la sinceridad de Bárcenas, el amor por Vallecas de Pablo Iglesias Turrión, o para transmitirlo de forma que no hiera la sensiblidad de ningún bando político: abstracto como el horario del tranvía del paseo marítimo de A Coruña. No existe. Sin embargo, el próXimo es tu casero, tu madre, tu hermano (incluso tu cuñado), tu vecino de abajo, la cajera del súper, etc. Ay… si nos supiésemos de memoria veinte cumpleaños… si fuésemos capaces de preguntarle de corazón sólo a 20: ¿comiste bien hoy? ¿cómo vas de Johnnie Walker en la despensa…? Ahora que no podemos abrazarnos, magrearnos, darnos besos espontáneos… Ahora que todo debe ser lavado y desinfectado y vuelto a desinfectar… Ahora que el ejército entra en los geriátricos enfrentándose a verdaderos escenarios de guerra, identificando muertos que llevan días pudriéndose entre vivos… Ahora que en un flash siniestro comprendemos que no están equiparados los salarios de un vulgar enfermero que limpia materia fecal, con los de un importante marchante de arte contemporáneo…

– Hijo, esto es como la epidemia de polio del 56 en la Argentina. La gente fregaba con lavandina las aceras, las mesas, las ventanas de las casas.
– ¿Con legía?
– ¡Sí! ¡Algunos bestias se murieron por beberla!
– Entiendo mejor porque te gustaba la mesa de formica y cambiaste con papá las ventanas de madera por las de aluminio…
– No, hijo, ¡hasta eso es distinto!, el otro día escuché a un médico hablando sobre este parásito de mierda…
– Virus de mierda.
– …bueno, sobre esta porquería; ¿sabías que vive más tiempo en los metales que en ningún lado, sobre todo en el cobre?
– Estamos de suerte, mamma; nosotros no tenemos un cobre.
– Ja, ja, ja…
– Qué linda sos cuando te reís.
– A cuántas le dirá lo mismo. Cuídate. Y NO BAJES. ¡Ni por whisky!
– Vale, mami. Hasta mañana.
– Hasta mañana, si Dios quiere.

Cuando era idealista = 18 años, durante alguna temporada fui a leer como voluntario a una fundación para tetrapléjicos. Funcionaba en un palacete francés, que había sido propiedad de una familia de terratenientes argentinos, donde había una sala inmensa con cielorrasos decorados rococó, repleta de pulmotores de fabricación soviética. Dentro de esos robustos cilindros grises, 30 años después de la epidemia, sobrevivían algunos de los «elegidos» por la poliomielitis del 56. El escenario era digno de una pesadilla futurista, como la película «12 monos» u otras fantasías autocumplidas. ¿Lo veis? Salón del siglo XIX y una hilera inagotable de máquinas con fuelles, dispuestas en línea. ¿Por qué ese batallón simétrico de respiradores artificiales con personas dentro? Respuesta: porque la parálisis de los músculos respiratorios impide respirar sin asistencia.

Debo chequear si fue en 1987 o 1988, pero sé que justo antes de Nochebuena cobré una paga extra en una fábrica de medicamentos donde trabajaba. Gracias a esos dinerillos y a mi profunda vocación didáctica, convencí a unas mujeres que se ganaban la vida en torno a la estación de trenes de Plaza Constitución, para que tuviesen sexo con algunos de los tetrapléjicos vírgenes a los que yo les iba a leer una vez por semana… Al loro: tetrapléjicos, no impotentes. (Así de gracioso es Dios; ese señor barbudo y sin genitales explícitos, que se ocupa de que haya un mañana para todos y todas).

Tal vez, el único problema en el gran salón del palacete decimonónico que no preví, es que convivían enfermos de ambos sexos; o tal vez el problema es que era demasiado joven: no sabía estar sin ofender (además de no contemplar, ¡tal era mi ignorancia!, la maravillosa posibilidad de la homosexualidad).

Soborné al guardia de seguridad borrachuzas y entré con «los bellezones de Plaza Constitución» guardando un torpe silencio. En principio, nuestra insólita aparición fue vivida entre los paralíticos somnolientos peor que una función de Holyday on Ice. Cincuenta y pico seres humanos inmovilizados, de los que sólo se veían sus cabezas emergiendo de máquinas; al revés, cincuenta y pico máquinas con cabezas (los pobres desgraciados se miraban entre ellos gracias a espejitos retrovisores de bicicleta orientados en distintas direcciones, recurso típico del subgénero de películas carcelarias). Las prostitutas se erizaron de miedo. Las miré a la cara. Hablaron entre ellas. Y sin más preámbulos, actuaron. Recuerdo que mientras transcurrían por turnos las felaciones, un grupo de enfermos ultra catequizados, empezó a coro a rezar el Rosario. Fue cuando el guardia de seguridad me pidió más dinero, y una de las chicas ya lista a dar su próximo servicio, exclamó en voz alta, con eco:

– ¡TREMENDA PORONGA TIENE EL RUBIO ESTE…!

Personalmente yo no inspeccioné su tracto genital. Pero las meretrices se arremolinaron como un enjambre ante la portezuela lateral del respirador; y homenajeando entre risas a Marcel Marceau, con ambas manos representaron el tamaño de una baguette.

Ahí los teóricos de la semiología no tienen puta idea.

¡Ah… rodar la luz de la luna de aquella noche, derramándose a través de los ventanales!. Sin duda requeriría de un gran director de fotografía. ¡¿Y cómo registrar con maestría aquel audio inolvidable?! El rubio de la tremenda poronga gritaba, se escuchaba el Rosario, yo estaba tan nervioso por las consecuencias legales de lo que ocurría que bailaba el Boogie-woogie, mi madriña… «Las ninfas» atendieron a todos cuantos pudieron, incluso a algunos de los que seguían rezando con esmero.

Fue una pena que, por aquel entonces, no existiese el Satisfyer,. NO ME BURLO EN ESTE PÁRRAFO. Hubiese distribuido una dotación entre las víctimas atrapadas de por vida, desde niñas… en esas monstruosas máquinas de acero helado. En esa pesadilla.

Luego ocurrió lo normal. Lo habitual. Lo esperable. Se encendieron la luces generales e irrumpió la caraculiembra Jefa de Guardia, La Responsable. Entre el coro de plegarias a la Virgen, los vítores de los muchachos aliviados, empujones e insultos, nos echaron de la Fundación. Jamás volví.

Lo sorprendente, lo que hace que esta historia REAL -con pocas inexactitudes- se transfigure en un bello Cuento de Navidad, es que las chicas que «yiraban» en torno a la estación de trenes, «las putas de mierda», no quisieron cobrar. Os lo juro. No existe mayor bondad y poesía. No hay más arriba. Vayan desde mi balcón, aunque sea tarde, mis mejores aplausos.

ALERTA EN EL ORZÁN / Día 12
José Luis Ducid

Esta era la calle de las tascas de ribeiro, de las partidas de tute, de los trapicheos, de las peleas, de las putas sencillas, de los travestidos feos, de lo inconfesable; y también de las casas de comidas con su menú del día -dos platos, vino, gaseosa, pan, café o postre-, de los pescadores, de los talleres, de los anarquistas, de la plaza y la escuela, del cura borracho, de las pequeñas tiendas con señoras que se saludaban por su nombre. Y aunque casi me la han matado, malvivo y elijo vivir en esta calle por joderles el selfie a los horteras. Porque aún sigue siendo el anverso, el inconsciente, de la avenida bien iluminada que corre en paralelo a 200 metros de distancia; pero lejos, muy lejos de esta vía húmeda, oscura y con liguero. No, no estoy a la moda. Comparto los turulos y me gusta fumarme una faria después de un buen lingotazo. Y no consigo digerir el nuevo palabrO, que viene adentro de los yogures con Actimel de la Susanna Griso:

GENTRIFICACIÓN
(Gentrificación = Contaminación de baja nobleza)

Hasta el anticomercial COVID-19, los modernos -esa cofradía de bachilleres tatuados-, insistían en su arrogancia de intentar rebautizar este barrio nacido hace casi seis siglos… ¿Os lo podéis creer? Sí, lo intentaron con ahínco. Supongo que el nombre se les ocurrió en un subidón de popper:

– Barrio queda feo, mucho mejor zona.
– Claro, zona, zona…
-¿Pero zona, qué?

Agarraos fuerte a la butaca: «Zona Soho»… El pintor y escritor londinense T. Behrens se moría de risa:

-José Luis, mira cómo acabó el Soho… Ho, ho, ho…

EL SOHO EN CORUÑA. No se puede ser más fatuo y acomplejado. Sin duda no soy fashion. Los modernos del popper acariciaban el sueño de «sanear la zona». Pobres ningundis. Eran sólo «pioneros» de un plan mayor. Títeres de una instancia superior. La de los farlopeiros de traje gris, con licencia para arruinar. ¿Cómo? Echando a la gente de sus espacios y estigmatizando sus hábitos. ¿Pero cómo implementar semejante ortopedia? Declarando tapón urbanísitico todo lo anterior al software de diseño en 3D, AutoCAD. Podando horarios. Cargándose referencias. Llegando a la amenaza y la violencia física para vaciar pisos de renta antigua. Peatonalizando mal, a fin de impedir el tránsito de mercancías y clientes. Dejando caer las casas, para sólo conservar la fachadas. Perpetrando uno de los mayores atentados a la ética de la Estética: concursos de graffitis con permiso municipal. «Tu Street Art me sube el alquiler», escribió algún lúcido en los azulejos del váter del bar Sanín; donde tengo MI taza (que recibí en heredad de un señoriño que se mazó ahí durante 40 años).

¡Ey…!
¡Chist… comeyogures! ¡Ey, comeyogures!
¿Estáis más relajados?

¡Ey…!
Farlopeiros del traje gris…
¿No era justo el mundo que soñabais?

Silencioso. Como un cementerio.
Y ordenado. Como un cementerio.

Os informo de una putada: no podréis disfrutarlo.

Vuestra tecnología apenas es un desodorante de ambiente
-fragancia aire libre-
para camuflar el pestazo

a millones de cadáveres.

Sin embargo, hoy, La Parca se ha bañado.

Es inodora. Hace pilates. No discrimina.
Una gran humorista
que viene desde muy lejos,
desde la China

a sentarse a tu lado.

(Debuxo de José Luis Ducid por Álvaro Dorda)

https://www.facebook.com/alvaro.dorda

 

ALERTA NO ORZÁN: cabido Nº 13.

José Luis Ducid o subversivo arxentino – cruñés segue a escrever a súa: ALERTA EN EL ORZÁN / Día 13 José Luis Ducid

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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