Asidua a Garufa hasta sus últimas fuerzas, una comunicadora incansable a través de sus imágenes, capturadas estas con esos ojos especialísimos y privilegiados que tenía, instantáneas que como pronto le daban una sacudida al monótono discurrir diario de cualquiera de nosotros, para inmediatamente conducirnos a una reflexión, generalmente enmarcada en la crítica a lo establecido. Ese era el espíritu de Marta; analítico, rebelde, luchador, inconformista, artístico…siempre rematado con una estentórea carcajada en modo de ráfaga conclusiva. Sin embargo había algo que la delataba en una vulnerabilidad latente y persistente, en la búsqueda de un cariño que consideraba injustamente esquivo, pero no sé arredraba, antes al contrario, tiraba y tiró para adelante contra todo; contra una maldita enfermedad que la atrapó muy joven, contra la prematura muerte de su padre, la de su madre, ya establecida como compañera en los últimos tramos del viaje de la vida, contra la añoranza de su juvenil y adorada Algeciras, contra el amor, contra el desamor, contra el dolor… contra una vida que evidentemente no le tocaba, por talento, por humanidad, por lucidez y por coraje.
A mí me llamaba cariñosamente Pepuchi, yo la respondía Martuchi.
Sin tus ojos, múltiples imágenes y estampas, esas que solo tu podías ver, quedarán sin plasmarse.
Hasta siempre y por siempre, querida Martuchi
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