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Un marido calientapiés by Eva Loureiro Vilarelhe.

Publicado el 12 febrero, 2018 | Literatura

jueves, 8 de febrero de 2018

Un marido calientapiés

NUEVA OLA DE FRÍO POLAR, leo el titular de la portada del periódico del señor que sorbe ruidosamente su cortado, sentado a mi lado en la barra del bar. Se me escapa un suspiro y agradezco que sea algo duro de oído, porque ni levanta la vista pasando de página tan concentrado como si leyera a Tolstoi. ¿Nueva?, me pregunto sin dar crédito a lo que se ven obligados a publicar los periodistas para ganarse el jornal, ¿cuándo se ha acabado la anterior? Porque yo no me he enterado, la verdad… si arrastro este catarro desde inicios de año, y tengo la nariz como un pimiento. ¡Eso es, estoy hasta las mismísimas de tanto moco!
La tele está puesta y hacen una pausa en el comadreo de los tertulianos para avanzar las noticias del mediodía. El descenso de las temperaturas parece acaparar toda la atención mediática, y los bustos parlantes adornan paisajes nevados de cuento, u oleajes dignos de una película de esas de desastres naturales. Un escalofrío me recorre la espalda al fijarme en las máximas previstas para la próxima semana. No, si al final va a tener razón mi madre con eso de que “¡Tienes que echarte novio ya!” Porque el suplicio de que baje el termómetro se convierte en auténtico pánico cuando va siendo hora de meterme en la cama. Suelo remolonear viendo algún capítulo atrasado de mis series favoritas, o adelantando páginas en los libros que se me amontonan junto a la butaca. Hasta que los párpados se me cierran, y el reloj reitera lo que ya sé.
No me queda otra que madrugar, por lo que hace un buen rato que debería estar roncando a pierna suelta. Pero no habrá manera, eso es lo peor, las gélidas sábanas me espabilan al instante, y por mucho que dé vueltas y más vueltas, soy incapaz de conciliar el sueño mientras no entre en calor. Es en noches así cuando echo de menos a Fran. Porque me pegaba a él como una lapa y me quedaba dormida enseguida, no por otra cosa, la verdad, que el muy capullo… bueno, será mejor no envenenarme la sangre recordando lo que me hizo. “Un marido calientapiés es lo que necesitas,” la voz de mamá resuena diáfana en mi mente insomne de madrugada, “pero no uno cualquiera, uno como tu padre, de los que son un horno y puedes dormir con él casi sin nada encima.”
Lo cierto es que preferí no imaginármelos desnudos. Al fin y al cabo son mis padres, y soy consciente de que si estoy aquí es porque ellos… aunque me da cosa pensar en ello, como a todo hijo de vecino. Es una tontería, sí, porque en realidad es la mejor manera de entrar en calor. Aunque esos días en los que estás reventada –o con la regla que viene siendo lo mismo– y lo único que deseas es llegar a casa y ponerte en posición horizontal cubierta por una nube de edredones, es una maravilla que alguien esté dispuesto a meterse antes que tú para que encuentres el nido calentito. La gloria debe ser algo así, me digo viendo imágenes de carreteras cortadas por la nieve y gente atrapada en sus coches. El infierno está en el polo Norte, no bajo tierra, ¿a quién se le habrá ocurrido semejante tontería? Yo estaría encantada si apenas necesitara usar un taparrabos, ¡menuda tontería de condena! Llevar un sinfín de prendas de ropa encima, eso sí que es una agonía… ¡Por favor, si a la pobre reportera se le ha congelado hasta la sonrisa!
A mí también va congelárseme algo, pero va a ser el sueldo como no vuelva a la oficina de una vez. Pago y suspiro de nuevo, resignándome a que el efecto del café con leche calentito se me pase nada más poner un pie en la calle. Y también a que en cama sólo me espere la vieja bolsa de agua caliente que usaba la abuela, en lugar de un buen mozo, como diría ella. De camino a mi mesa me desprendo de más de la mitad de mi volumen corporal hasta alcanzar mi suéter de angora y mi blusa de manga larga –repito tantas veces a lo largo del día la cansina liturgia de quitarme los guantes, la bufanda, el abrigo, la chaqueta y el jersey grueso, que lo hago inconscientemente–, por eso me sorprendo al toparme con Fernando justo delante, blandiendo sonriente un informe, ¡en mangas de camisa y remangado! Mis brazos están desbordados y le pido que sea tan amable de acercármelo él, a lo que accede encantado –meneando el rabo, según Puri, mi única amiga y confidente en el trabajo–, y dándome conversación sin venir mucho a cuento.
Un día tendré que aceptarle la invitación a cenar, quién sabe, igual es tan simpático como parece… siempre le doy largas, no me hace gracia liarme con un compañero, la verdad, porque si sale mal tendré que lamentarlo a diario. No sé, no sé… es un encanto, sí, y eso me gusta, además de que tiene unas manos bonitas y cuidadas, y Puri dice que también un cuerpazo, que ella lo vio un fin de semana por ahí en vaqueros y camiseta. En ese instante caigo en la cuenta bendiciendo los consejos de mi madre, ¿cómo se las arreglan para tener siempre razón con lo pesadas que son? Es un misterio que no me preocupo por resolver –pletórica ante mi Epifanía particular–, y sonrío de oreja a oreja.
Él debió de pensar que fue por algo que dijo –ni idea, lo juro, ni oía lo que me estaba diciendo– y ensanchó su sonrisa desmesuradamente. “¿En serio? ¿Mañana puedes?” Antes de asentir le cogí el informe que venía a entregarme, aprovechando para rozarle los dedos, y entonces afirmé convencida: “¡Claro!”, sin saber qué era a lo que accedía exactamente. “Cena y cine”, me aclaró enseguida, creo que sin acabar de creerse que por fin le dijera que sí. Volví a asentir sin decir nada, en mi mente sólo me veía feliz, ya me importaba un bledo si después aquello no funcionaba… ¡Todo sea por pasar la semana más fría del año en brazos de un hombre-horno!
by Eva Loureiro Vilarelhe
* Este relato se lo dedico mi querida compañera de letras Isabel Caballero (alias Tara), para demostrarle que nuestras “conversaciones” dan mucho de sí 😉
GRUPO ESPERTO.

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