ranas

SOBRE LAS RANAS, LOS SENTIDOS Y EL SEXO. Por Pepa Díaz.

Publicado el 3 marzo, 2017 | Literatura
La pasión se deshace en palabras. Sobre el papel se reencarnan de nuevo los momentos densos. Se extiende su contenido hacia afuera, y sólo leyéndolos y recordándolos, dándoles de nuevo vida en el dorso de una hoja, descubrimos la fuerza que los posee.

A veces no es magia la que respira el aire, solo deseo. Esa sensación ingenua que nos impulsa a improvisar torpemente los sentimientos, según suceden las cosas.

Realmente, resulta difícil decir no a algo agradable a nuestro sentidos. Surge de repente y nos dejamos llevar por un juego improvisado, que nos impide consciente reflexionar y establecer normas.

El juego de los sentidos, las apariencias y su realidad. Los olores, miradas, besos, caricias, sabores…, entrelazados en un cúmulo de circunstancias cualesquiera, qué más da. No existen cánones, ni escisiones, en ninguna comunicación, se establece y existe, no más. Las interpretaciones las diferencian. Sus esencias se difuminan, nunca aparecen y desaparecen.

Cuando se mudan, van de un lugar a otro, de juego en juego van saltando como ranas huyendo de un chapuzón. A veces, forman aglomeraciones sobre las hojas del estanque, provocando un inmovilismo pesado, que corre el peligro de hundirlas; o vuelan de un lugar a otro en búsqueda constante.

También a veces, llegan a la orilla y serenas se apachorran sobre la arena, a mirar cómo el agua, vestida de hojas verdes, comparte con ellas los incesantes caminos de sus compañeras: algunas, las más hambrientas, engullen los cadáveres que flotan sobre el estanque; otras, en cambio, evitan caer sobre las flores ocupadas. Miles de combinaciones bailotean por el aire, pero solo desde la orilla y deslizando la calma sobre los sentidos, se aprecian algunas, las más cercanas.

El mundo sensitivo transforma la realidad, las apariencias distraen y engañan los sentidos, generan impulsos. Pero la esencia permanece, eterna, fría e inmutable, en búsqueda de refugio entre la inmensidad del estanque; o, quizás, se encuentre aún en la orilla, observando esa incesante danza de los sentidos.
Pepa Díaz, en la Revista Isla Negra (1996), UAM.

¿Te gusta este artículo? ¡Compártelo!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *