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El último día del Resurrection Fest nos lo dió todo. Al final, mi queridísimo fotógrafo y yo terminamos pidiendo permiso para hacernos una foto en el sofá en el que se habían sentado todas las rockstars entrevistadas por la organización del festival. Y, al principio, empezamos con los vascos Horn of The Rhino, en el escenario Jagger.

Horn of The Rhino, tras dos día de velocidad desenfrenada, fueron un oasis auditivo, con sus ritmos pesados, ondulantes, con  la guitarra como hilo conductor que fluctuaba por encima de la voz de Javier Gálvez, casi reminiscente de los mejores tiempos de Wino Weinrich. Voz que, sin embargo, podría haberse oído con algo más de claridad. Sus variaciones hipnóticas que se rompían para recordar a sonidos del doom traído de alguna época que molase más que la nuestra.  La sincronía entre Sergio Robles, con su machaque oscuro al bajo, y la martilleante batería de Julen Gil completaban el redondo sonido de Horn of The Rhino, donde los instrumentos y no la voz eran el hilo conductor, girando  sobre su propio vértigo, y su oscuridad rítmica, girando y girando sobre sí mismos. Los vascos no fueron especialmente cálidos con el público, pero nos regalaron temas absolutamente demoledores, como la preciosa  Awaken Horror of Tuul.

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Y, después, Toundra. Tengo que pedirle perdón a todos y cada uno de los miembros de Toundra porque estoy segura de que no voy a hacerles justicia ni de casualidad. Toundra fue, muy probablemente, el grupo mas aplaudido del Resurrection. Los de Madrid crearon una atmósfera densísima, envolvente, que hizo al público incapaz de apartar los ojos de ellos, arrastrándolos con un arranque de nostalgia rockera a las guitarras de Esteban y Macon, toneladas de tensión por parte de Alberto, bajista, hasta la apoteosis de su melódica desesperación, en un primer corte que fue suficiente para que cayésemos a sus pies. Toundra es un grupo que, al tocar, crea algo que late y que está vivo.

Las ambientanciones sutiles pero cargadísimas, la fuerza de Alex en la batería, la unión entre los miembros del grupo y la angustia subyacente en cada nota hicieron que el concierto de Toundra fuese apoteósico. Después, la batería se volvió ácida, las melodías de Esteban y Macon, con en contraste justo entre limpieza y distorsión, a ratos reminiscentes de Steven Wilson, a ratos de Kawabata Makoto, y  los temas de Toundra, que son como canciones de cuna que pegan puñetazos, se tiñeron de nostalgia, por encima su fuerza y de la forma que tienen de expresar el caos y la rabia de forma elegantísima. Su espiralino y tensísismo final de bolo hizo que cada una de las notas nos llegasen a todo el puto cuerpo.

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dia3_10Despues, I Killed the Prom Queen. Los australianos me gustan porque o bien son guapos o bien son alcohólicos. El bolo de los de Adelaida fue irregular pero, en general, se dejó oír. Los aussies tienen una gran presencia escénica y un sabor marcadamente americano en su sonido, en la línea de grupos tan respetables como August Burns Red, pero su bolo no pareció de coger fuerza hasta que estuvo bastante avanzado. Los coros del ex Bring me the Horizont Jona Weinhoffen eran directamente inaudibles y los chico parecían contenidos, inseguros, hasta que atacaron Say Goodbye. Quizá por lo bien construída que está esa cancion, por la preciosa y ágil melodía, por la cortante batería de Shane O’Brien, pero a partir de ahí, I KIlled the Prom Queen arrancaron.  Mientras los guturales de Jamie Hope cogían  fuerza, Cameron y Weinhoffen, a las cuerdas, y a pesar de momentos en los que el sonido casi se perdía, sorprendieron por su capacidad, por encima de una batería eficaz pero que, en general, estuvo desaprovechada. Con temas como 666, los australianos recuperaron la unidad sonora, la capacidad de generar tensiones, para después, introduciendo un nuevo tema que fue un pulso de agresividad, con un ritmo complejo y pesado, y tras anunciar que en dos días entrarían a grabar su proximo trabajo,dar una dinamísima despedida con  Slain Upon my Faithful Sworn y la esperadísima Sharks in Your Mouth.

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No puedo decir que Your Demise fuese una decepción, porque no me esperaba gran cosa de ellos. Los británicos dieron un bolo rápido y, siendo muy generosos, hasta potente, pero también, sin duda alguna, el más deslabazado e irregular del festival.  Tras la estética de soy el mas hardcore de mi pueblo de  Your Demise no hay nada cercano a la identidad ni al sonido propio. Dado que después supe que ni siquiera tenían un setlist, no me sorprende que la concatenación de los temas fuera absolutamente irregular, alternando pinceladas efectivas, como Fuck You, tema tras tema de lo más mediocre. Eso si, a los Demise no les faltó actitud, a pesar de carecer por completo de motivos para ello y de no haber dominado el escenario ni por un segundo. Your Demise, en definitiva, merecían que fuese mucho más jodida poniéndolos a caer de un burro, pero la verdad es que me aburren demasiado como para pensar frases ingeniosas.

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dia3_26Menos mal que fue salvada por Killswitch Engage. Los papás del metalcore melódico tomaron por asalto el escenario monster, con The New Awakening y A Bid Farewell. Las guitarras del divertidísimo Adam Dutkiewicz (Adam, siento mucho que mis tetas no sean grandes y no puedas gritarles guarradas como a las de las otras chicas. Quiero que sepas que a pesar de eso me hiciste mucha gracia) y de Joel Stroetzel se comunicaban entre si, formando un muro de sonido martilleante. La voz de Jesse Leach se amoldaba a cada giro de ritmo con total facilidad y Killswitch Engage era un bloque de sonido apocalíptico que súbitamente se tornaba melódico.

The Hell in Me fue el tema que lo arrancó todo. El sonido se volvió infernal. Leach empezó acompasando su voz a la batería de Justin Foley, para desmarcarse en melódicos perfectamente estructurados. Con Fixation of The Darkness, rápidamente enlazada con la salvaje  In Due Time, seguida de My Curse, las guitarras giraron,i fuera de control, en torno a los platillazos de Foley, convirtiéndose el sonido en un alarde de potencia que llegó a eclipsar la voz de Leach. A mitad de bolo, los guturales y los breakdowns volvieron a apoderarse del espacio sonoro, con Killswitch agreciéndonos nuestra presencia allí y atacando con la espectacular The Arms of Sorrow. Como despedida, el contraste  llameante entre su potencia en crudo y sus tensos melódicos, con This is Absolution, Rose of Sharyn y la coreada hasta la afonía Life To Lifeless.

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Y luego Black Flag. Y yo, ahora mismo, pagaría millones por no tener que hablar de Black Flag, por omitir todo lo que va venir a continuación. Porque yo soy fanática de Black Flag.Me moría de ganas de verlos y estaba dispuesta a que me engañaran con calquier cosa. Y fuí feliz en su brevísimo bolo, pero también salí muy decepcionada. El bolo de Black Flag abrió mostrándole al público que un theremin no es un juguete que se le pueda dar a cualquiera, aunque Gren Gin piense que si. Mientras, Ron Reyes le gritaba al público “SOMEONE FIX THIS  FUCKING GUITAR!!”. Después de esta extraña intro, el noventerísimo bolo más noventero  empezó con clásicos como Revenge , I’ve had It All, Nervous Breakdown o Fix me. El pasotismo de Gin, Klein y Amoore contrastaba con el exceso de actitud de Reyes. Nada terminaba de sonar ni de empastar y, sin embargo, hubo momentos en los que las líneas de la guitarras tenían la agresividad y el desenfado adolescente que esperaba, en los que parecía que sabían lo que hacían. Encadenando Depression, No Values, Tv Party, I’m Sick y Gimmie Gimmie Gimmie, los californianos no hicieron honor a su nombre. O a lo que queda de él.  Si no hubiesen sido Black Flag.  Si hubiesen sido un grupo sin un nombre detrás hubiera sido un concierto extraño pero salvable y, si no fuese por ese final que dieron con  Louie Louie Louie, no podría perdonarles.

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dia3_32Bad Religion fue la apoteosis del Resu, el final  demoledor. Con un directo que no ha envejecido  nada, el concierto de los otros californianos fue una demostraciónl de todo lo que debe  ser un concierto. Ante un público multitudinario que no dejó de enloquecer ni un segundo, Bad Religion abrió con Past is Dead y We’re Only Gonna Die. En el Setlist de Bad Religion se solapaban casi los temas:  ráfagas de canciones que son himnos para muchos, una ejecución brillante, con Brooks Wakerman sucediendo virguería tras virguería a los platos sin alterar su expresión facial,  y un consecuentísimo Greg Graffin  sin variaciones de registro en su voz limpia y  potente. Todos los miembros de Bad Religion se encontraban segurísimos en un escenario que dominaron  desde el principio. Jay Bentley que compagina su labor al bajo en Bad Religion con la de ser mi icono sexual desde que tengo memoria, mantuvo el peso de fondo de los ritmos demoledores en su sencillez y autonomía de las guitarras de Gurewitz y Hetson. Desde la preciosa I want to Conquer the World hasta la coreada Fuck You, pasando por Dharma and The Bomb, Recipe for Hate, Suffer, Sanity, o la espectacularísima You, no hubo tema de Bad Religion que no fuese coreadísimo. Bad Religion tenían ganas de tocar, y seguían con la misma actitud al mismo tiempo rabiosa y desenfrenada, de punk enérgico, de bombas de generar histeria colectiva. Con un abrasivo final marcado con Punk Rock Song, American Jesus y Sorrow, y tras los bises, Bad Religion se coronaron como los reyes del punk.

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