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dia2Calentamos el segundo día del resurrection con Dawn of The Maya. Los de Pamplona, familiarizados con el escenario Arnette del Resu (Por cierto. Desde el fondo de nuestros corazoncitos, dediquemos unos segundos de cariño al nuevo escenario Arnette, que ya suena como un escenario y no como una caja de cereales con amplificadores) demostraron una gran coordinación y entusiasmo ante un público algo lacónico. Destacabilísimo a la batería Marcos, marcando ritmos potentes, desenfrenados que estructuraban la mayor parte del sonido del grupo, y la voz de Igor, especialmente en The Age of Darkness. A pesar de no haber dado del todo con un sonido consolidado, demostraron que ya son algo más que una promesa del hardcore.

Y, para seguir bien, Belvedere al grito de empieza la fiesta!. Y, mierda, tenían razón. Desde el primer tema, el público se vió arrastrado por el desenfado del punk de los canadienses, con sus guitarras al mismo tiempo confortables y salvajes, llenas de calidad y de esos tecnicismos que los hacen ser considerados un grupo de culto. Además, las punzadas ácidas, que después se volverían más oscuras, de la batería de Graham Curchill, en temas como Brandy Wine, Subhuman Nature o Two Minutes for Looking So Good hicieron que el público se acoplase rápidamente a su velocidad. Haciendo gala de todo el español que sabía con la frase tus pantalones son grises, Steve Rawles, supliendo una voz que no sonó especialmente redonda hasta avanzado el bolo con una presencia arrolladora, marcó la actitud sobre la que se movería todo el concierto de Belvedere, con su sabor de skate punk cañero pero adrenalínico, con pinceladas de agresividad core que no tardaban en desnudarse en un punk de calle, californiano, refrescante, con reminiscencias de la vieja escuela, de Bad Religion, de NOFX, para despues virar bruscamente hacia una oscuridad, profundidad y furia casi puramente hardcore con Repetition Rejection o Closed Doors.

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Nada podría entra mejor después de Belvedere que los franceses Rise of the Northstar, desconocidos para mi hasta entonces. Rise of The Northstar están liderados por Vithia, una especie de spokeman terrorista a cargo de un grupo de hardcore purísimo, con un sonido casi primitivo, o, al menos, esa fue la imagen que dió. Un bolo breve pero casi amenazador en su intensidad, en el que los cinco cinco miembros del grupo formaba un todo compacto y abrumador, y, para mi, que era la primera vez que los tenía delante, toda una sorpresa, anto por su presencia escénica como por la calidad de temas como Demostrating my Saiya Style, de su primer trabajo, o Sound of Wolves.

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Integrity tampoco se quedaron cortos a la hora de saber manejar un directo. Los pioneros del metalcore arrancaron con esperadísimos temas como Hollow, Psychological Walfare o Rise, haciendo que el público no perdiera ni un solo segundo. Los de Ohio, con un pletórico Dwid capitaneándolos, demostraron desde el principio un profesionalísimos manejo de las tesiones, de las pausas, de esas cositas que hacen que el publico moje la ropa nterior. La linea de la guitarras de Brewer y Mike Jochum empezaba melódica, para después volverse una ametralladora a las ordenes de la sincronizacion espinosa, intricada, del bajo de Steve Rockhurts y los golpetazos de Nate Jochum a la batería. Con un estilo marcadamente americano, Integrity encadenó temas como Judgement Day y Diehard para rematar con un espectacular final con Jagged Visions of True Destiny y Abraxas Annihilation, en un directo sobrado de energia pero que no rezumé una excesiva originalidad.

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Podéis creerlo o no, pero en la libreta que usé para anotar mis impresiones sobre Exodus, la primera frase apuntada es, literalmemte “amor eterno a los metaleros que saben lo que hacen”. Con lo que supongo que quería yo decir que Exodus fueron un espectáculo de thrash metal sin concesiones a otros géneros, sin fisuras de ningun tipo y uno de los platos mas fuertes del segundo dia del Reurrection. Exodus una de esas leyendas que han pasado por auges, caídas, largas separaciones y sobrecogedoras muertes. Exodus, después de treinta años, y aún tenemos ganas de verlos. Amor eterno, he dicho. Empezando con la brutal The Ballad of Leonard and Charles, seguida de Beyond the Pale y Children of a Worthless God, era difícil fijarse en alguien mas aparte de Rob Dukes, que lideraba su sonido visceral, con un excelente refuerzo por parte de los coros. En cada uno de los temas de Exodus se dejaba intuir su gran calidad a nivel compositivo. Los torbellinos angustiosos y los riffs rápidos y angulosos, bruscos, cortantes de las guitarras del legendario Gary Holt y de un más que destacable Lee Altus fueron la perfecta definición de clásicos del género, y se estructuraban perfectamente dentro de la vertginosa presencia que marcaba Tom Hunting a la bateria, arropado por el bajo de Jack Gibson. No sé si lo sabéis, pero Jack Gibson es un gran, gran bajista. El setlist de Exodus avanzó casi con temeridad, ante un público completamente subyugado (Después, serían varias las personas que me comentarían que, para ellos, Exodus estuvo a la altura de los arrolladores Lamb of God del día anterior) con Iconoclasm, la demoledor Blacklist y A Lesson in Violence, para rematar un bolo arrollador y muy superior al que vendría después (si, Exodus le dió mil vueltas a Slayer) con The Toxic Waltz y Strike of The Beast, en la que el público cayo inmediatamente a sus pies.dia2_9

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dia2_23Y, finalmente, Slayer. O lo que queda de ellos. Durante todo el día, los comentarios sobre Slayer habían sido muy variados. Desde los que se negaban rotunadamente a ir a su bolo, hasta los que defendían como podían la extraña formación que veríamos al cabo de unas horas.

De entrada, Kerry King y compañía podrían haber demostrado menos ganas de cobrar la indecente cantidad de dinero que cobraron y más ganas de tocar y de hacerle caso a su público, porque si de algo estuvo escasa la actuación de los veteranos del thrash, fué de dinamismo y empatía con el público. A pesar de eso, la primera sorpresa que proporcionó Slayer fueron las guitarras de King y Holt, que por momentos funcionaron como maquinas de guerra demenciales, a velocidad constante, llegando, por sorprendente que parezca, a solos ejecutados por King que se dejaban paladear muy bien. Sin embargo, no fueron pocos los momentos en los que esas mismas guitarras potentísimas sonaban de forma completamente mediocre.

Los temas escogidos por Slayer para abrir bolo, World Painted Blood y la coreada Discipline funcionaron de forma bastante regular entre el público. Slayer avanzó con seguridad pero muy pocas ganas, muy poca atención al público y marcando enormes altibajos entre su, por otro lado, bien estructurado setlist. Como punto para ellos, dieron un bolo asequible para los que no se contaban entre sus fanaticos. Incluso a mi, la voz de Tom Araya, que al proncipio no terminaba de convencerme, terminó clavándoseme dentro de la cabeza. El bolo progresó a saltos, ofreciendo agradables sorpresas sonoras parte de Paul Bostaph a la batería, que después no tardaban en estropear volviendo a resultar aburridísimos. Por fin, se estabilizaron en cierta calidad con chisporroteos más minimalistas y cuidados como Mandatory Suicide, e incluso ciertas bajadas de intensidad como Postmortem, que fue uno de los puntos algidos. A pesar de la forzadísima interacción que tuvieron con el publico y de que en ningun momento resultaron especialmente sorprendentes, Slayer hizo un último esfuerzo en la recta final de su bolo, que sí fue más que aceptable, con la rápida concatenación de las tensiones de Dead Skin Mask, seguidas de la histeria colectiva de Raining Blood, y, como colofón, South of Heaven y Angel of Death. Pero, aún asi, Slaye fue una decepción. Y sinceramente, no creo que un grupo con un nombre tan grande pueda permitirse semejantes resbalones.

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dia2_28Y, para cerrar el día, Millencolin. Millencolin me gustan porque son suecos y los suecos o bien son guapos o bien son divertidos. A pesar de no convencer en absoluto con su puesta en escena, los ritmos duros y al mismo tiempo refrescantes, abrasadores, de Nikola Sarcevic, el hombre de hielo, alternando dinamismo ocal con cierta actitud cansada, con un marcado aire de dejadez que, sorprendentemente, funcinaba al verle ahi arriba, en medio del escenario, a ratos descarnadísimo, a ratos casi indiferente. Por su parte las guitarras surferas, chisporroteantes, de Erik Ohlsson y Mattias Farm suplieron una bateria mucho menos feroz de lo que debería. Fredrick Larzon no estuvo especialmente brillante a los platos, aunque, como casi todo, tuvo momentos en lo que casi me convenció. El setlist de los suecos incluía clasico de su directo como Cash or Clash, Happines for Dogs o Fazils’s Friend, que encajaban, con sus infalibles estructuras de punk melódico sencillo, bien hecho, que venía para quedarse en tu cabeza, en ese extraño vaivén entre el derroche de actitud y la falta absoluta de ella que caracteriza a Millencolin. Extraña mezcla que, sin embargo, vulevo a decir que es efectiva. Millencolin son un grupo que tiene algo que los autoriza a poder hacer más o menos lo que les dé la gana. Sarcevic podría cantar Mary Tenía Un Corderito y segur que conseguía añadirle ese toque desecho, punkarra, devastador, de temas como Peguins and Polarbears. La sorpresa del pequeño momento acústico, interrumpido por otro arranque de velocidad clásica, la entrega del público y el arrebatador, divertido, ilógico e involvidable cierre del bolo de los suecos, con Ray, Carry You y Detox, nos hicieron volvernos a la tienda de campaña derrengados pero felices.