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Desde que cogí la ola tranquila, llego mucho más lejos. Mi nombre es serenidad. Mi voz, como el silencio, la cara discreta de la sonoridad. Cercando al mundo interior que he abandonado tanto tiempo, mi pensamiento impacta con la sin razón; soy el archienemigo de los poetas malditos que por poco me llevan al país de la muerte.

Era aquel un buen lugar para no pensar en mi, ni en ti, ni en nada hermoso. Exceptuando claro está, a las sonrisas de un auditorio en éxtasis. Y…-AUNQUE NUNCA LAS PODRÉ OLVIDAR- jamás volveré a jugar con falsos dioses.

Sigo siendo poeta; poeta de la vida. El odio, los temblores, la confianza arrastrándose por los suelos y el rango al que mi siniestro maquillaje me había elevado, ya no es una opción para un hombre cansado- ¿O debería decir renovado?- Cultivaré en la tierra mis embriones, mis recién nacidos aprendizajes. Recogeré lo que estoy sembrando. De eso estoy completamente seguro.

La enfermedad no es un arte, ni los espasmos intelectualidad. Realmente hay vigor en mi resistencia. Y sabiduría en el perdón que al fin me concedo. El remordimiento, de nada sirve sin conclusión.

Hay que vivir hermanos, hay que vivir. Superar nuestros bloqueos y adicciones. Todavía puedo dar, ¡Tanto amor! Ahora sí; este amor, sin equilibrio, se intoxicará.

Por eso yo os digo:

¡Hay que reír hermanos! Aunque esteis destrozados por dentro, tomáoslo en serio, Hay que reír. Sin esperar nada a cambio del prójimo, seguir vuestro camino. Y si tropezais- que lo hareis- reíros, reíros de vosotros mismos! No os tomeis en serio vuestros fracasos y ALEGRAOS POR VUESTRAS VICTORIAS:

SUPONGO QUE ESE ES EL AUTÉNTICO EQUILIBRIO.