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Abrió los ojos a una mañana gris y fría. En su retina aún latía la última imagen de la pesadilla. Habían sucumbido al fin, el virus había traspasado las débiles defensa de su búnker y corría por sus venas, matándoles silenciosamente, para luego despertarles a una nueva no-vida.
Se levantó despacio, sentía los miembros pesados, lentos, y la cabeza más espesa de lo normal. Café, se dijo a sí mismo, todo lo solucionará el café.
Caminó hasta la cocina, ella ya estaba allí, con la mesa puesta, el pelo revuelto sobre los ojos cenicientos. Extendió una mano pálida, azulada, hacia el plato que le acababa de servir. El cerebro parecía fresco, rosado y aún tibio. Y olía como el mejor de los manjares.
Ellos no comían cerebros. Las criaturas comían cerebros. Pero ellos aún eran humanos… Aún eran humanos…
El razonamiento, y las palabras para argumentarlo, se diluyeron en su mente privada de oxígeno.
Olía bien. Olía maravillosamente.
Ella parecía sonreír, aunque su boca se curvaba hacia abajo. Él intentó devolverle la sonrisa, y descubrió que era imposible mover sus labios muertos.