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La actual fiebre independentista en Catalunya tiene un precursor, Jordi Pujol Soley. Es bueno recordarlo. Sin reivindicar abiertamente su pensamiento durante los largos años de presidente de la Generalitat, Pujol nutrió su discurso político de ingredientes más que suficientes para desarrollar las teorías de los que hoy quieren alcanzar la independencia de Catalunya. Pero él tardó mucho en quitarse la careta independentista. En esa tarea transmisora, su heredero, Artur Mas, fue ejecutor principal; fue depositario de aquellos deseos inconfesos, que luego se han argumentado con toda claridad.
Llevamos cinco años esperando que los deseos de los catalanes auténticos o de verdad -según las teorías de Jordi Pujol y de su esposa, Marta Ferrusola, actualmente conocida como la Madre Superiora del Convento-, se conviertan en realidad. Mejor dicho, desde hace cinco años, cuando empezó a tomar cuerpo la llama de la independencia, la situación no ha hecho más que empeorar.
Jordi y Marta se casaron muy jóvenes y muy católicos los dos se celebró en el monasterio de Montserrat. Entonces, Jordi ya le dijo a Marta que, “un día quizás tenga que pasar Catalunya por encima de nuestro matrimonio”. Esa declaración de principios, fue el faro, en pura teoría, de la vida política del expresidente. Siempre se nos vendió como un hombre ejemplar, entregado a la causa de su país. Más tarde, conocimos que tanto él, como su mujer y sus numerosos hijos, actuaron como adalides de una nación mientras se llenaban los bolsillos. Predicaba mucho las virtudes del buen catalán, pero fue el primero en desmentir, con numerosas actuaciones ocultas, sus propias teorías.
También pidió, de hecho, a su hijo político, Artur Mas, que abriera el camino de la independencia. Lo que su sucesor cumplió con entusiasmo hasta la convocatoria de las urnas de cartón del 9-N, del año 2014. Más tarde, la votación en las elecciones autonómicas llevó a Junts pel Sí y la CUP a sumar una mayoría de escaños independentistas en el Parlamento. Aunque los votos afirmativos de los ciudadanos no habían alcanzado el cincuenta por ciento. Cuando las grietas internas en esa mayoría parlamentaria se hacen evidentes, hasta el punto que Artur Mas, presidente de la antigua Convergència, se permite poner a caldo a su sucesor, Carles Puigdemont, es bueno recordar cómo empezó todo.
Queda lejos, pero no caído en el olvido, que Pasqual Maragall destapó en el Parlamento autonómico el grave problema del tres per cent; las comisiones que se cobraban por muchas concesiones de obra pública. Pero, en aquella Cataluña en la que casi nadie osaba abrir la boca, no pudo ser demostrado. Las graves trapisondas las aportó más tarde la UDEF (Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal de la Policía Judicial).
El asunto sigue en los Tribunales de Justicia, el hijo mayor de Jordi y Marta intenta conseguir los tres millones de fianza en dinero de origen conocido para abandonar la prisión preventiva, cuando los esfuerzos para celebrar un referéndum independentista se cubren de negros nubarrones. No lo tienen nada fácil, pero no cejan en su empeño.

Manuel Seoane Doval.

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