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George Orwell nació a principios del siglo XX en la Inglaterra eduardiana, en los rescoldos de la época victoriana y puritana e imperialista. Fue formado para ejercer de funcionario colonial, y destinado a Birmania, donde su fuero interno se escandalizó al comprobar la lista de 200 fusilamientos anuales cometidos entre la población birmana por el Imperio Británico. Repugnado y asqueado por su trabajo, abandonó la carrera de lacayo imperialista para dedicarse al periodismo free-lance, estableciendo sólidos lazos con el pujante Partido Laborista. Al estallar la Guerra Civil Española, tal vez la última guerra romántica, si es que alguna guerra pudiese ser romántica, Orwell desembarcó en una Barcelona en plena efervescencia revolucionaria con una recomendación laborista para unirse a las filas de la milicia del POUM trotskista.

ORWELL EN LA COLA

 Es más, hay una foto de la fila de alistamiento en la acera de la oficina de reclutamiento del POUM, en la cual se le puede ver sobresaliendo en el fondo de la cola, pues Orwell medía casi dos metros, y sobresalía entre los españolitos bajitos de la época. (Hoy en día la talla media española es superior a la británica, pero entonces no). Pero nada más bajar del barco, con lo que de verda flipó Orwell, viniendo de una sociedad clasista y cerrada, casi claustrofóbica, fue con la fraternidad implantada por la CNT-FAI nada más estallar la guerra, aplastar la reacción fascista en Barcelona y adueñarse de las calles de la ciudad e iniciar la práctica de la tesis de hacer la guerra y hacer la revolución, compaginando ambas prácticas, al contrario de la tesis del PCE de ganar primero la guerra para luego hacer la revolución.

Orwell encontró en el puerto de Barcelona el ideal de sociedad humana que venia buscando desde que escapó asqueado de la sociedad puritana, hipócrita e imperialista. Al llegar al puerto de Barcelona se sentó en una terraza y se sorprendió muchísimo cuando un camarero con insignia de la CNT-FAI en la solapa del uniforme le preguntó: “¿Qué quieres tomar, compañero?”. Mientras se tomaba el café en la terraza, un limpiabotas con la bandera cenetista en la caja de madera le preguntó: “¿Compañero, quieres que te limpie las botas?”.

A pesar de que el lúcido gigantó inglés se alistase en la milicia trotskista del POUM, su corazón y su mirada estaban puestosen la inmensa obra que la CNT-FAI estaba (por fin) realizando en la ciudad de Barcelona. El Hotel Ritz (Antaño covacha de la alta burguesía) se había transformado en un comedor popular atestado de familias obreras comiendo. Los tranvías colectivizados eran gratuitos, y se desterraban para siempre (o casi siempre) el analfabetismo, la explotación laboral y el trato de “Usted”. El pueblo español, lejos de ataduras, rigideces y opresión, organizado por sí mismo y levantando en armas haciendo frente a la barbarie fascista, estaba mostrando por fin su verdadero potencial, además de mostrar también ante el mundo que la utopía era algo más que una idea descabellada, sino una realidad no sólo posible sino también necesaria.

Pero llegó Mayo del 37, y el PCE, antes una organización testimonial, estaba creciendo como la espuma debido al mangoneo soviético, decidió arrebatar el control de la estratégica central telefónica, anarcosindicalizada y colectivizada. La central fue asaltada y comenzó el principio del fin de la República, con los propios republicanos disparándose entre ellos en la retaguardia mientras Franquito se frotaba las manos. El POUM de Orwell, perseguido por el Stalinismo, se alió con la CNT-FAI. Orwell comprobó en Cataluña tanto el peligro naciente del Fascismo como el del Stalinismo, pero en la Barcelona colectivizada también pudo ver con sus propios ojos al pueblo en pié haciendo frente al fascismo. Al regresar los extranjeros a sus patrias, en Noviembre del 38, Orwell pudo reflexionar en su país, dando lugar a los célebres libros “Homenaje a Cataluña”, “1984” (Escrito en 1948, y de ahí el título, no por ningún cálculo profético), y “Rebelión en la granja”, obras sobre las cuales no es necesario hablar porque ellas mismas hablan por sí sólas. Salud.

Tony O´Hara