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María apagó la vela, la última que le quedaba, de un enérgico soplo. Era el final del mismo ritual que llevaba repitiendo en los últimos seis días. No tenía sueño, hubiese preferido quedarse un rato a leer, pero no tenía con qué. No sabía si la vela aguantaría hasta el final de la semana.

Cogió la postura como pudo, la mesa y la silla haciendo las veces de edredón pesaban mucho. Qué terrible estaba resultando aquel mes de diciembre en París, por Dios. Y no quería ni pensar en cómo estaría siendo en Varsovia. ¿Su familia estaría bien?

Una nueva incomodidad vino a sumarse a las muchas que tenía. Le picaba una pierna. Imposible rascarse con toda la ropa que llevaba puesta… toda su ropa. Era lo único que podía hacer para combatir el intenso frío en aquella habitación de estudiante donde el aire entraba por todos los lados, en aquel París hostil…

Cerró los ojos intentando pensar en cosas agradables, pero ¡hacía tanto frío! Frío, igual a muerte… cuerpos fríos, tumbas frías, lápidas frías…

María no pudo evitar recordar el momento en que tuvo que entrar en el salón enlutado para despedirse del cuerpo de su hermana mayor, Zofia, muerta de tifus a los doce años. María era una niña, tenía miedo, se sentía confusa. Su madre no podía consolarla con sus besos. Hacía tiempo que su madre no la besaba; hacía tiempo que su madre no besaba a nadie porque decía que sus besos eran ponzoña. Pero sí besó a la gélida Zofia aquella mañana, antes de que se la llevaran al cementerio, porque su veneno ya no podía hacer daño a la hija querida.

¡No! No podía pensar en eso… Aléjate, imagen cruel. Pensaría en algo agradable, como la conversación de aquella mañana con el doctor Curie. Era un hombre muy agradable, un verdadero científico, casi el único que no la miraba por encima del hombro por ser la única mujer en La Sorbona. Le había preguntado por su familia en Polonia, por su padre y hermanos…

Su mente privilegiada volvió a traicionarla. ¡Ay, mamá! La ponzoña se había llevado a la madre que ya no besaba dos años después de morir su hermana. En aquel momento, casi se alegraba. A su madre le habría dado una pena infinita ver cómo su pequeña y espabilada María sobrevivía a duras penas en un cuchitril parisiense con una beca irrisoria, pasando mil y una privaciones, apenas sin comer y usando como colcha toda su ropa y muebles. Sí… era una terca, pero sacaría su licenciatura en matemáticas adelante, al igual que el año anterior había sacado la de física. Pierre se lo había dicho aquella mañana: admiro muchísimo su tenacidad, señorita Sklodowska.

María se durmió dulcemente mientras la superficie de su vaso de agua se helaba lentamente. Mañana sería otro día, pensó antes de entregarse al sueño. Mañana volvería a ver a Pierre.