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Esta mañana me levanté con una bola en el estómago, concretamente, una bola de billar, una bola de billar blanca, de ésas que tienen los billares americanos. No, no era por estar enamorada, el acompañamiento con diarrea pertinaz me indicó que el momento se aproximaba: hoy tenía que pasar la ITV.

Conozco gente, en serio, que cambia de coche cada cuatro años por evitarse pasar por ese trance: el trance de pedir la cita, el trance de buscar los papeles, el trance de tener que apretar botones que no sabes ni que existen… en esta sociedad en la que vivimos, plenamente hedonista y dedicada a evitar hacer nada que no quiera hacer, la gente lo que intenta es zafarse de todo lo que le molesta, hasta tal punto, que el mecánico al que llevé el coche la semana pasada a corregir la falta leve que me habían puesto hace dos años, me dijo que me lo llevaba él mismo, si quería. Como presumo de tener un par de huevos kinder, dije que ya me ocupaba yo del asunto. Por eso, y porque supuse que tendría que cotizar por sus automovilísticos e iteuveianos servicios. Recordando lo que pasó hace dos años, me preparé a conciencia. En aquel momento no pasé la ITV a la primera por culpa de los malditos gases, los del coche, no los míos. Resulta que el código y todo dios con dos dedos de frente aconsejan conducir a marchas largas para prolongar la vida del motor, bla, bla, bla… y la forma más fácil de evitar los putos gases es llevar el motor en segunda a 80 por hora, como el señor Lobo en Pulp Fiction, e ir purgándolo en detrimento de la capa de ozono y en pro del efecto invernadero. ¡Qué ecológico, estoy por echarme a llorar de la emoción…! De llevarlo antes al taller, ni hablar. Estoy plenamente convencida de que actúan en flagrante conchabamiento, y no pienso dejar la pasta dos veces. Así que llevo tres días conduciendo por el lado oscuro del asunto, es decir, por autopista a 130 en cuarta, y por carretera a 80 en segunda, sin bajar de las tres mil revoluciones y poniendo en peligro los oídos de los demás, y, sobre todo, los míos. Porque juré sobre la revista del motor con el retrato de Fernando Alonso de testigo, que no me volvían a pillar con los gases. Otra cosa, por fortuna los de la ITV se han modernizado y ahora se puede pedir cita por internet. ¿Por qué mover el culo cuando tienes la oportunidad de crear celulitis de primera sentada en la silla? Llena de esperanza, tras la cita cibernética y los oportunos sentinazos a ochenta en segunda, me dirijo a la ITV y me veo una cola que ni las rebajas de Harrod´s. Claro, recordé, es más barato cotizar los 42 napos de la revisión que los 12000 de un coche nuevo. La vacaburra que llevaba detrás en la cadena de revisión no se quitó el cinturón durante todo el proceso, no fuera a salir disparada en punto muerto. ¿Para qué dan cita cada cuarto de hora si no hacen una revisión cada cuarto de hora? ¿Y por qué, si todos los vehículos tienen que pasar obligatoriamente la ITV, hay tanta carraca asmática circulando, o, mejor dicho, molestando, por ahí? Y se me ocurre además: si la revisión es obligatoria, ¿por qué coño hay que pagarla? Teniendo en cuenta que, a partir de ahora, mi venerable cacharro tendrá que pasar la revisión cada año. ¡Cada año! y que los coches los van a empezar a regalar con las cajas de galletas por culpa de la crisis, mi pregunta es… ¿será ésta su última ITV? La respuesta es: NOOOOO. Pasó la prueba de los pedos automovilísticos, pero tiene chunga la rótula de la dirección. ¿Alguien sabe qué coño es eso? Y yo que ya había hecho sitio para la pegata…

Ana Vázquez Villareal.

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