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De la misma manera que una herida física deja una cicatriz visible, una injusticia sufrida deja una huella en el disco duro del ánimo.

No puedo precisar qué edad tenía, ¿8​ años?, pero recuerdo perfectamente la situación. Estábamos comiendo en la galería de la casa familiar, mis padres y cuatro de los cinco hermanos, el quinto aún no había nacido, con la ilusión de irnos después todos juntos al Cine Rosalía a ver la película, “El Álamo”. El plan era muy apetecible porque el cine era la mayor diversión de una época en la que no había ni televisión y eran muy contadas las veces en que íbamos en familia a una sala.

De pronto se presenta sollozando la chica interna que trabajaba en casa balbuceando que le falta la última carta que le escribió su novio. Mi padre le preguntó si había buscado bien, y que dónde la tenía y cosas así… Ella responde que sí y para mi sorpresa deja caer que me vió a mi rondando y que tal vez se la cogí yo. Por más que juré y perjuré que yo ni la tenía ni la había visto me ordenaron buscarla y devolverla inmediatamente.

Busqué sin rumbo por donde se me ocurrió y cuando volvía con las manos vacías aparece la chica con la dichosa carta en la mano y me suelta:

_Ya apareció. Pero tus padres me matan si se lo digo. Anda, diles que la encontraste tú.

Entré en el comedor con la carta en mi mano gritando:

_La encontré! La encontré!

Mi padre que era abogado y experto en interrogar me preguntó que dónde había sido y le contesté lo primero que se me ocurrió:

_Detrás de la cortina del pasillo, dije.

_Eres un mentiroso. Ahí ya se había mirado. Te quedas en casa castigado y sin cine. Ya hablaremos a la vuelta.

No hubo manera de convencerle ni la chica abrió la boca en mi defensa. Me quedé castigado injustamente y por eso recuerdo este episodio. Bueno, tal vez la novia se acuerde también.

Estela Raval Y Los Cinco Latinos – Quiereme Siempre

Extraído del álbum doble “Maravillosos 50”