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miércoles, 30 de octubre de 2013

Acabo de llegar del instituto de Zalaeta. Debo decir, ante todo, que el recibimiento ha sido sorprendente por parte del profesorado. Tras el clásico café pre-conferencia y la entrega de un pin del centro, nos dirigimos al salón de actos.

 
Hasta este momento yo estaba sorprendido. En absoluto me esperaba que me invitasen a un café y mucho menos que me regalasen un pin de plata con el logotipo del centro. Me emocioné muchísimo. La elegancia en las formas es algo que siempre me ha llegado mucho al alma.
El caso es que unos minutos antes de entrar en el salón de actos me comunicaron que habían comprado varios ejemplares de “En la Feria Tenebrosa” y que, si hacía el favor, les gustaría que los dedicase. Triple o cuádruple sorpresa. A esas alturas yo ya me derretía.
El caso es que el salón de actos estaba perfectamente decorado con motivos de Halloween o Shamain, como se tiende a denominar aquí cada vez más. No faltaba de nada: velones negros, calabazas, iluminación tenue, telarañas, esqueletos y hasta un botellín de agua para mí. Los asistentes, 23 personas de unos 13 años de edad.
Yo estaba nervioso, pues aunque tengo mano con la gente de esa edad, lo cierto es que no sabía bien qué público iba a tener.
A la hora convenida aparecieron los alumnos, educados y silenciosos, un poco tímidos.
Comencé mi charla explicando que soy autor de obras de terror y preguntándoles si les gustaba el terror, qué era para ellos el terror, si alguna vez habían escrito algo terrorífico. Se fueron animando al darse cuenta de lo distendido de la charla. Algunos empezaron a opinar poco a poco y a enriquecerme con sus opiniones. Sin darnos cuenta pasamos a explicar qué era Shamaín (o Samain o una de sus variantes escritas) y cómo el terror está presente en la vida de los seres humanos constantemente.
A continuación dimos pie a contarle a los demás cómo nos inspiramos para escribir y cómo la constancia es fundamental. Ya nos entraban ganas de escribir algo, lo empezábamos a sentir. Y entonces, viendo ya que el momento era el propicio, pasé a explicarles qué era un microrrelato.
Como los asistentes eran muy despiertos, no hizo falta apenas tiempo para que captasen a la perfección la idea. Unos matices, unos ejemplos, algún guiño… y enseguida lo vieron claro. Les gustaba. Lo entendían. Les propuse un Duelo Literario y aceptaron. Querían escribir.
El caso es que nos dividimos en 5 grupos, de los cuales sólo podían salir dos personas victoriosas por grupo. Teníamos 15 minutos para escribir un microrrelato de un máximo de 70 palabras y que obligatoriamente comenzase por “Cuando empecé a escribir este microrrelato…”. El género era de terror, necesariamente.
Fue dificilísimo seleccionar a los que se salvaban. ¡Vaya nivelazo! Me quedé estupefacto al ver cómo esos chicos contaban historias completas en apenas un par de líneas, con finales sorprendentes, temas originales y choque de ideas de lo más creativas. Con generaciones así, el género literario revive pronto, al tiempo. Es más, en varias ocasiones tuve que ser yo, el juez, el que decidiese empates según el criterio de micro más corto.
Una vez, más o menos puestos de acuerdo, se procedió a la segunda vuelta con los 10 que quedaban. Se volvieron a dividir en dos grupos de 5, de los cuales (votando entre los del propio grupo) sólo podían salir dos airosos por equipo. El resto de presentes, ahora descalificados, también podían escribir su microrrelato por su cuenta, para ir acostumbrándose a este género. Ahora había que empezar por la frase “Hemos quedado pocos…” y se contaba sólo con 10 minutos.
De nuevo, el nivel fue imponente. Almudena, la Vicedirectora, y yo estábamos “ojipláticos” con el potencial demostrado por esos chicos. Sublime. Qué complicado elegir… Pero hubo que hacerlo, dos por equipo.
Y así llegamos a la semifinal. Cuatro contrincantes, dos equipos. Era el momento idóneo para cambiar la táctica. El tiempo se reducía a tan solo 5 minutos. No se podían usar más de 50 palabras. Un equipo escribiría algo de temática fantástica y otro de temática de Ciencia-Ficción. El enfrentamiento iba a ser muy duro. Y esta vez, votarían todos los asistentes, los 23.
Una vez más, la elección del ganador de cada grupo fue un suplicio. ¡Qué tíos! Si llego a saber que había tanto nivel lo hubiese puesto más dificil. Más de uno me daba sopas con honda a mi nivel literario. Pero como no podía ser de otro modo, hubo dos elegidos. Llegaba la final.
A esas alturas, ya estábamos todos nerviosos y divertidos. ¿Cómo acabaría el enfrentamiento? ¿Quién resultaría campeón de ese duelo? El reto final era muy duro: 3 minutos y medio para escribir un microrrrelato, de máximo 2 líneas y de obligado título “No podía con la risa”. Por suerte el árbitro era yo, pues no me hubiese atrevido a aceptar un lance tan complicado. Pero los chicos eran valientes y se lanzaron adelante. ¡Muy bien!
Como imagináis, el final fue de aplausos, silbidos y ovación general.
Yo le hubiese dado el premio a todos y cada uno de ellos. Qué buenos, qué nivelazo literario.
El caso es que aún nos quedaba un poco de tiempo y se explicó lo que era un librojuego, las opciones que daba y que en la biblioteca del Instituto había 7 “Ferias Tenebrosas” para disfrutar. Hubo alguno que se le vio realmente interesado y deseoso de ver llegar un librojuego de temática zombi (jeje), pero había que jugar antes a “La Feria” para poder enfrentarse a “Infección”.
El caso es que medio-quedamos para una presentación y conferencia futuras de “Expediente Z: Infección”, en donde escribamos entre todos un librojuego y las combinaciones que se nos ocurran para hacerlo posible.
Poco más que decir. El día fue muy significativo para mi e inolvidable. Lo pasamos pipa y nos empapamos mutuamente de ideas y creatividad. Estoy seguro de que nos volveremos a ver.
Por último, añadir una frase que oí a hurtadillas y que me pareció estupenda: “¡La actividad de este Halloween sí que ha estado bien!”. Con piropos así, uno duerme en total paz.
Publicado por en 15:17