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Las circunstancias no se pueden controlar. Hay que apencar con ellas. Cuando nací mis padres ya tenían la parejita con lo cual eres más de lo mismo o el segundo de lo que sea. Lo aprendí cuando vi sendos álbumes infantiles con las fechas de nacimiento, el peso, la talla, sus primeros dientes, sus primeros pasos y muchas fotos que les hizo mi abuelo materno, tan aficionado que hasta revelaba en casa.

De mí no había ni rastro. Cuando pregunté me dijeron que el yayo andaba mal y había dejado la fotografía y que además, cuando llegué yo, mi padre estaba encamado en casa, enfermo de tuberculosis, por lo que me aislaban para evitar el contagio y por ello sufría largas ausencias cuando veía desaparecer a mi madre por un estrecho pasillo para atenderle. Ella dice que no me puedo acordar de eso, pero como si fuera hoy. Esas fueron mis cartas sin comerlo ni beberlo.

Y a la hora del pijama éramos tres hermanos en dos camas compartiendo habitación. Yo dormía en la misma que el mayor con los pies enfrentados (recuerdo que a veces jugábamos a la bicicleta juntando planta con planta) y mi hermana sola en la otra cama.

Supe que ellos, de pequeños, habían disfrutado mucho tiempo de una cuna de barrotes cuadrados y acanalados de metal cromado, y un día, para mi sorpresa, veo que la están montando junto a la cama de mis padres. Qué alegría! Qué emoción! Dormiré en la cuna como mis hermanos y en la habitación de mi madre!

Poco me duró la alegría porque al poco tiempo mi casa es un ir y venir de gente que entra y sale sin cesar.

_ ¿Qué pasa?, pregunto. No entiendo nada.

_ Tienes que estar muy contento pues tu hermanito va a venir. Me dicen.

Y aquel cuerpo sonrosado, en la cuna de metal, me dejó tan angustiado que sólo pude preguntar:

_ ¿Ya no soy el pequeñín de la casa?

Esta historia la hice canción:

 

Xurxo Mares / Chiquilladas

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Historia de la niñez cargada de emotividad y realismo, cantada a la vieja usanza. Grabada por Miguel Castro en Cobas (O Ferrol), en abril de 2014

En la España de posguerra
siendo pocos los antojos
se instaló la vida perra
y las nubes en los ojos.
Con un padre que padece
tuberculosis pulmonar
y una madre que lo mece
llega una boca mas.

El contacto madre hijo
era el breve amamantar
pues hay riesgo se le dijo
de contagio familiar.
Y entre el cuarto de delante
y la sala de detrás
un pasillo cual gigante
que se traga a su mamá.

A la hora del pijama
ésta es la situación:
Tres hermanos en dos camas
compartiendo habitación.
Como el tiempo no existía
no podría calcular
¿cuántas noches, cuántos días?
duró esta eternidad.

Mas de pronto una cuna,
con barrotes de metal,
fue instalada por fortuna
junto al lecho conyugal.
Qué alegría! Qué emoción!
Qué bonita perspectiva!
Dormirá en la habitación
con quien le dio la vida.

¿Cuántas noches? ¿Cuántos días?
No sabría calcular.
Pero el ansia que sentía
no la pudo apaciguar
pues de allí a poco tiempo,
en la calma del hogar,
mucha gente en movimiento
entra y sale sin cesar.

¿Qué pasa? ¿No lo entiendo?
Pero ¿qué sucede aquí?
Tienes que estar muy contento
pues tu hermanito va a venir.
Y aquel cuerpo sonrosado,
con la gasa umbilical,
le dejó tan angustiado
que solo acierta a preguntar:

¿Ya no soy el pequeñín de la casa?